¿Cuántas veces postergamos tomar una decisión, y dejamos pasar el tiempo como esperando a que esa decisión “se tome por sí sola”? Generalmente lo que subyace a este fenómeno es el miedo a equivocarnos, es decir, buscamos la decisión “perfecta” y (lamentablemente?), esto no es posible por varias razones:
- No podemos adivinar lo que va a ocurrir en un futuro: en este momento no puedo saber si la decisión que tomo será la correcta o no.
- El error y la equivocación es inherente a la naturaleza humana: podemos estar seguros de que tomaremos decisiones equivocadas, y probablemente, alguna habremos tomado ya.
- Las decisiones no son sólo susceptibles de ser valoradas como correctas o incorrectas en términos absolutos, sino que podemos ubicarlas en un continuo, de totalmente incorrecta a totalmente correcta, y así, abrir paso a categorías como decisiones mejores, peores, más acertadas o menos acertadas.
Lo importante de tomar una decisión es que fuera acertada en el momento en que se tomó
¿Y qué ocurre cuando nos damos cuenta de que la decisión tomada no fue la más apropiada? Pues muchas veces tendemos al arrepentimiento y desvalorizamos la decisión adoptada.
Así, perdemos de vista que esa decisión fue realizada en un momento determinado, con una visión y circunstancias determinadas que, posiblemente, poco o nada tengan que ver con las que tengo en el momento en el que estoy juzgando dicha decisión.
Por consiguiente, estoy juzgando, desde unas circunstancias, una decisión que fue tomada en otras, muy probablemente, diferentes a las actuales.
No podemos adivinar el futuro, el error es inherente al ser humano y las decisiones no se pueden valores en términos absolutos de bien y mal, por lo que nunca habrá una decisión perfecta.
Tengamos entonces por seguro, que en el momento de tomar una decisión no existen garantías totales de éxito, y si descubrimos que no fue la mejor opción, conviene hacer la siguiente reflexión: ¿lo era en el momento en que se tomó?
Hasta la próxima!




